jueves, 16 de septiembre de 2010

Frente a frente




Sigo aquí buscando un papel
donde arrugar mis palabras,
las que se siguen escapando
sin saber donde terminar.
Y tengo tinta,
tintero,
tengo ganas
y sueños,
ese suelo donde se pisa,
esa nube que te cala
en medio del albero.
Tengo recuerdos,
pausas y prisas,
el camino largo
y la vereda verde
que resurge cuando
duermo
y despierto.

A veces miro y me rechazo, otras acepto el son y otras quiero conocerme...
Ahora mismo me miro y le pregunto:

¿Me permites soñar unos momentos?


Qué simples son las cosas que hacen que la vida se frene y se transforme en un espejo frente a ti, pidiéndote que mires al frente, que cantes o que bailes, que llores o que rías, pero mirándote, sintiendo cada gesto que vive en ti, un espejo que te recorre cada una de las arterias y su latido, cuánto sientes, cuánto necesitas, cuánto das y cuánto te das cuenta de que realmente precisas mirarte todos los días para conocerte un poco más a ti mismo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sentir


Tócate la sien y siente
huele la lluvia y vuela
alrededor de ese resquicio
a tierra mojada,
que hace que despierten
tus sentidos escondidos
que te gritan
que estás viva.
Tócate el pelo y vive
esa libertad que sumerge
en el brillo y el brinco
que emana cuando esa luz
del astro mayor te regala.
Toco sus manos y levita
mi piel
mis pensamientos regresan
a la hoguera que templa
mi vida, mi alma,
mi silencio...

viernes, 25 de junio de 2010

Tedm


Quiero vivir en tus besos, en tus labios templados,
necesito rescatar el aire que dejé en tu saliva
para respirar tu alma, para sentirme tranquila
para escribir en tu espejo perdido en el vaho.
Noto un aleteo dentro de mí, noto que tiemblo,
tartamudean mis palabras sin saber si gritan,
sin saber que frase lograr para robarte un beso
para sentir que con tinta y versos ríen tus ojos negros.
Cantan las membranas permeables de mis células,
pasando el humor del amor hacia mi piel
alborotando los vellos de mi torso con caricias
pensando, sólo un deseo... volverte a ver.
Quiero vivir en tus besos, en tus caricias,
en cada movimiento de tu cara cuando junto a la mía
recorren un bello paisaje en nuestra galería
y se pierden en un óleo que sólo la luna pintaría.
Necesito de tí, de tus palabras frente a mis labios,
mi demanda camina cerca de una mirada casada
a mi corazón, mi naufragio se quedó a unos pasos,
a unos pasos, en tu arena, entre tus brazos.

Vivir la distancia




Me alejo de ti,
pensando...
pidiendo a la luna
que saque su guadaña,
y recorte las malezas
de mi conciencia.
Me alejo de ti,
soñando...
con tus besos,
y los que quedaron
a la orilla del aliento.
Me alejo de ti,
recordando...
como se abre mi piel
cuando te acercas,
y le susurras
con la luz de tu mirada.
Me alejo de ti,
puliendo...
el seno del cielo,
avivando el brillo
de nuestra estrella.
Me alejo de ti,
amándote...
en nuestro hogar,
donde conviven
mi tu mi yo,
no hay más razón.




domingo, 20 de junio de 2010

Todavía. Benedetti


No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría
palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo
tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto
nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa
sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía
pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro
y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido
y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.
Mario Benedetti

martes, 8 de junio de 2010

Vuelve.- K. Kavafis




Vuelve a menudo y tómame,
amada sensación, vuelve y tómame
cuando del cuerpo la memoria se despierta,
y un antiguo deseo vuelve a pasar por la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y las manos sienten como que tocan otra vez.

Vuelve a menudo y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...

Konstandinos Kavafis

viernes, 28 de mayo de 2010

Eternidad




Eterno y joven el corazón que salta y vuela
sensible, bucólico,laxo con una sola mirada.
Pasa el tiempo y aún sin arrugas en la frente,
el amor
no sabe de horas, ni días, ni campanadas.
Recorre tu ser buscando la mejor savia
para recordarte que sigue presente,
en tus manos,
en tu piel,
en tus ojos,
en tus silencios
y en tus palabras.
Fuerte como la mar, débil como la arena
se van fundiendo con las mareas
como se funde el amor lentamente
en los versos del poeta que regresa
a escribir en sus libretas incompletas.
Eterno y joven crece entre las sábanas
teñidas por el perfume de las pieles
que se buscan en el silencio,
en el recuerdo,
en la caricia de las palabras de una carta
escrita en las agujas del tiempo que no pasa.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Oda al mar.-Pablo Neruda


Aquí en la isla
el mar
y cuánto mar
se sale de sí mismo
a cada rato,
dice que sí, que no,
que no, que no, que no,
dice que si, en azul,
en espuma, en galope,
dice que no, que no.
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla,
entonces
con siete lenguas verdes
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa,
la humedece
y se golpea el pecho
repitiendo su nombre.
Oh mar, así te llamas,
oh camarada océano,
no pierdas tiempo y agua,
no te sacudas tanto,
ayúdanos,
somos los pequeñitos
pescadores,
los hombres de la orilla,
tenemos frío y hambre
eres nuestro enemigo,
no golpees tan fuerte,
no grites de ese modo,
abre tu caja verde
y déjanos a todos
en las manos
tu regalo de plata:
el pez de cada día.

Aquí en cada casa
lo queremos
y aunque sea de plata,
de cristal o de luna,
nació para las pobres
cocinas de la tierra.
No lo guardes,
avaro,
corriendo frío como
relámpago mojado
debajo de tus olas.
Ven, ahora,
ábrete
y déjalo
cerca de nuestras manos,
ayúdanos, océano,
padre verde y profundo,
a terminar un día
la pobreza terrestre.
Déjanos
cosechar la infinita
plantación de tus vidas,
tus trigos y tus uvas,
tus bueyes, tus metales,
el esplendor mojado
y el fruto sumergido.

Padre mar, ya sabemos
cómo te llamas, todas
las gaviotas reparten
tu nombre en las arenas:
ahora, pórtate bien,
no sacudas tus crines,
no amenaces a nadie,
no rompas contra el cielo
tu bella dentadura,
déjate por un rato
de gloriosas historias,
danos a cada hombre,
a cada
mujer y a cada niño,
un pez grande o pequeño
cada día.
Sal por todas las calles
del mundo
a repartir pescado
y entonces
grita,
grita
para que te oigan todos
los pobres que trabajan
y digan,
asomando a la boca
de la mina:
"Ahí viene el viejo mar
repartiendo pescado".
Y volverán abajo,
a las tinieblas,
sonriendo, y por las calles
y los bosques
sonreirán los hombres
y la tierra
con sonrisa marina.
Pero
si no lo quieres,
si no te da la gana,
espérate,
espéranos,
lo vamos a pensar,
vamos en primer término
a arreglar los asuntos
humanos,
los más grandes primero,
todos los otros después,
y entonces
entraremos en ti,
cortaremos las olas
con cuchillo de fuego,
en un caballo eléctrico
saltaremos la espuma,
cantando
nos hundiremos
hasta tocar el fondo
de tus entrañas,
un hilo atómico
guardará tu cintura,
plantaremos
en tu jardín profundo
plantas
de cemento y acero,
te amarraremos
pies y manos,
los hombres por tu piel
pasearán escupiendo,
sacándote racimos,
construyéndote arneses,
montándote y domándote
dominándote el alma.
Pero eso será cuando
los hombres
hayamos arreglado
nuestro problema,
el grande,
el gran problema.
Todo lo arreglaremos
poco a poco:
te obligaremos, mar,
te obligaremos, tierra,
a hacer milagros,
porque en nosotros mismos,
en la lucha,
está el pez, está el pan,
está el milagro.
Pablo Neruda

domingo, 23 de mayo de 2010

The Reader

El último tango en París.- Robert Alley



El la dejó. Jeanne oyó el sonido de sus pasos en el corredor, el portazo en la entrada; luego nada más, salvo su propia respiración. Una bocina sonó en la lejanía seguida de un completo silencio. Se ha ido, pensó para sí misma, y de pronto se sintió consumida. Levantó el sombrero del piso, pasó el living-room rumbo a la salida, concentrada. Sorprendida, levantó la mirada.
Paul la estaba esperando apoyado contra la pared. Pareció aún más corpulento a la luz directa del sol, el mentón erguido y los ojos entrecerrados. Tenía los brazos cruzados contra el pecho; el abrigo estaba abierto y mostraba el torso y las piernas fuertes y musculosas. Jeanne dijo:

—Pensé que se había ido.

—Cerré la puerta con llave —caminó lentamente hacia ella mirando fijamente los ojos anchos y azules que reflejaban más resignación que miedo—. ¿Estuve mal?

—No, no —dijo ella tratando de recuperar el aliento—. Sólo pensé que se había ido —sus palabras
quedaron pendientes, como una invitación.

Paul estuvo a su lado en un segundo. Le tomó el rostro con las manos y la besó en los labios. En la confusión, ella dejó caer el bolso y el sombrero, y colocó las manos sobre los anchos hombros. Por un instante, permanecieron absolutamente inmóviles. Nada se movía en la habitación circular salvo las pelusas que caían por el aire; ningún sonido les llegó salvo el de sus propias respiraciones agitadas. Parecían suspendidos en el tiempo, como la belleza marchita de la habitación, aislados del mundo y de sus vidas respectivas. El cuarto adquirió calidez acogiéndolos durante este breve y silencioso noviazgo.
De pronto, Paul la alzó en sus brazos y la llevó hasta la pared de la ventana sin esfuerzo aparente, como si se tratara de una criatura. Ella le pasó los brazos por el cuello que le pareció tan duro como un tronco y le acarició los músculos de su espalda bajo la suave tela del abrigo. El tenía un olor amargo en parte sudor y en parte algo que ella no pudo identificar; algo más masculino que el de cualquier joven que hubiera conocido y que la excitó poderosamente. El la bajó, pero sus manos no la dejaron, la apretó contra sí y tocó sus pechos oscilantes a través de la tela de su ropa. Le desabrochó el vestido con rapidez y maña, y metió las dos manos en el interior, acariciándolos; con los dedos dibujó la forma de sus pezones. A ella la excitó la dureza de su piel y se apretó aún más contra él.
Como si lo hubieran convenido de antemano, comenzaron a desnudarse el uno al otro. Ella lo agarró a través de los pantalones; él pasó una mano por debajo de la falda y de un tirón le arrancó las bragas. Jeanne se sofocó ante su audacia y se colgó de él con miedo y anticipación. Paul puso una mano entre sus piernas y la levantó del suelo; con la otra se desabrochó los
pantalones. Luego la tomó por las nalgas, la subió un poco más y la penetró. Se agarraron como animales. Jeanne subió por el tronco de su cuerpo apretando sus caderas con las rodillas y colgando de su cuello como una niña perdida. El la apretó contra la pared y entró más profundamente dentro de ella; por un instante lucharon torpemente, como en un combate, pero pronto se pusieron de acuerdo y comenzaron a moverse con un mismo ritmo. Sus cuerpos avanzaban y retrocedían como participantes en la más íntima de las danzas. El ritmo se hizo más frenético; la música y el mundo, olvidados, gimieron, suspiraron y se golpearon contra la pared
protegiendo esa pasión; cayeron más allá de los orígenes de su propio empeño y se apagaron poco a poco y sin remordimientos, sobre la estropeada alfombra naranja.
Permanecieron inmóviles en el suelo, sin tocarse, mientras la agitación de sus respiraciones se
normalizaba gradualmente. Luego, Jeanne se alejó de él, puso la cabeza sobre el brazo y levantó la vista. Pasaron varios minutos en los que ninguno de los dos pronunció palabra.
Se pusieron de pie y arreglaron sus ropas, dándose la espalda. Jeanne se puso el sombrero igual que antes, lo siguió por el corredor y salieron a la escalera. Paul cerró la puerta con llave; Jeanne llamó el ascensor y con vergüenza se apartó de Paul. Minutos antes, habían compartido el abrazo más sensual y ahora, fuera de los confines del departamento, eran tan distantes como desconocidos.
Ella se sintió agradecida cuando Paul le volvió la espalda y bajó por las escaleras en vez de hacerlo con ella en el ascensor. Pero no pudieron evitar encontrarse en el vestíbulo. Ella se preguntó cuál sería su próximo movimiento cuando la siguió, mientras pasaban delante de la ventanilla de la portera y se encaminaban a la puerta.
El salió a la calle detrás de ella. La luz del sol los deslumbró y los ruidos de París sonaron discordantes.
Paul arrancó el letrero escrito a mano SE ALQUILA de la puerta. Lo rompió y lo arrojó a la alcantarilla. Por un momento ambos vacilaron. luego tomaron direcciones opuestas y ninguno de los dos volvió la cabeza.

El último tango en París. Robert Alley